Pleno en la Unión de Hermandades por Domingo Díaz

El otoño da el pistoletazo de salida a un nuevo curso cofrade. La Festividad de Nuestra Patrona, la Santísima Virgen de la Merced Coronada, cada 24 de septiembre, nos despierta con alegría de la somnolencia cofrade del estío.

Si bien este verano nos hemos despertado sobresaltados por lo que pudo haber sido, y a Dios gracias no fue, del experimento sin gaseosa que proponía un inicio de Carrera Oficial, con tintes del mejor Alfred Hitchcock y los insuperables Hermanos Marx. ¡Uff, por poco! Por siete votos, no salió el oficialmente pronosticado sí. ¡Por algo el siete es el número cabalístico!

Pero, a vueltas con el inicio del curso cofrade, este año con motivo de la celebración del 400 Aniversario del Voto Inmaculista de nuestra Muy Noble y Leal Ciudad, el Rosario público de todas las Hermandades desde el Templo de San Francisco al de Santo Domingo, la Exposición cofrade en los Claustros de Santo Domingo y el Besamanos Magno –demostrando que cuando la “Unión” entre las Hermandades funciona el resultado deviene sencillamente espectacular y digno de alabar- han abierto de par en par un nuevo curso cofrade. Sin embargo, oficialmente, el curso por Curtidores se abrirá este próximo lunes día 30 de octubre con el Pleno Ordinario de Apertura.

No quisiera pecar de agorero, ni de experimentado vidente, ni mucho menos de oportunista “Pepito Grillo”, pero mucho me temo que esta anunciada reunión, en Pleno de Hermanas y Hermanos Mayores de nuestras Hermandades, será tormentosa. ¿Por qué lo pienso? La respuesta es sencilla: porque siempre los Plenos de Apertura y de Cierre han sido – digamos- complicados.

Verán ustedes, la Unión de Hermandades de nuestra ciudad se rige por la vigente Normativa Diocesana, que como es obvio le es plenamente aplicable. En dicha normativa se regula la composición de la Permanente del Consejo Directivo de la Unión de Hermandades, el número de integrantes de la misma, los requisitos para optar a ser miembro de ella, la composición y facultades del Pleno, etc., etc. No obstante, para nada se recogen aspectos tan significativos como: ¿quién es competente para el

diseño de la Carrera Oficial?, ¿cómo se determina el ajuste de las Hermandades de vísperas en los días pasionales cuando tengan el placet de Palacio?, ¿quién reorganiza el paso por la Carrera Oficial de las Cofradías los días de Semana Santa en los que la lluvia aparece o amenaza con hacerse presente? o, ¿qué criterios deben emplearse para el reparto de los beneficios económicos del alquiler de palcos y sillas? Créanme, después de haber asistido, en el pasado más inmediato durante más de ocho años, a los referidos Plenos de Apertura y de Cierre de Curso, les puedo asegurar que cuando Santa Bárbara se hace presente con mayor fuerza es cuando se habla de los euros que tocan a repartir.

Y es que cuando todas las Hermandades tienen el mismo peso –un voto por cada Hermandad en cualquier tema que se someta a votación, incluida la elección del Presidente de la Unión de Hermandades- a la hora del reparto del beneficio obtenido, el mismo no se efectúa de forma equitativa y, entonces, surgen los agravios entre los iguales.

No valoraré ahora si el reparto debiera ser equitativo o proporcional entre las cuarenta y ocho Hermandades que actualmente componen el Pleno de la Unión de Hermandades, pero sí les diré que cuando surge el tema, saltan acaloradas opiniones, de mayor o menor intensidad en función de la vehemencia de quien exponga su razonamiento, que acaban sin el deseable consenso del personal afectado. Ahora bien, el problema acabaría si este reparto de beneficios estuviera taxativamente recogido en el Reglamento de Régimen Interno de la Unión de Hermandades. ¿Saben por qué no está regulado en dicho Reglamento?, pues simple y llanamente porque no existe tal cuerpo normativo.

Han sido varios los intentos –todos fallidos- de que vea la luz el Reglamento de Régimen Interno de la Unión de Hermandades, el trabajo de las comisiones de formular el mismo ha sido en todo caso infructuoso y no por dejadez de los integrantes de las mismas, más bien por la no apetencia de las sucesivas Permanentes del Consejo Directivo de la Unión de Hermandades de que tales trabajos vieran la luz. Quizás porque aquello que no está regulado se presta al arbitrio interpretativo del que gobierna, si no cómo puede explicarse que un organismo que cuenta con más de cincuenta años de existencia no tenga un texto –no tiene porque tener un articulado tan amplio como nuestra Constitución española- que regule aquellos asuntos, especialmente el económico, que mandato tras mandato hacen que salten chispas en los diversos Plenos de Apertura y de Cierre de Curso.

Ríos y ríos de tinta, debates y más debates, tertulias van y tertulias vienen sobre qué aconteció o acontecerá respecto al reparto de los beneficios. Y todo porque en ningún sitio existe norma aplicable al asunto.

Por cierto, en el último Pleno de Cierre de Curso, una Hermandad interpuso un recurso (desde mi humilde opinión, una auténtica obra maestra sobre el Derecho de la Iglesia) ante la Autoridad Eclesiástica debido a la discrepancia sobre el reparto efectuado entre las Hermandades del Pleno. La resolución de este recurso pudiera tener consecuencias y, de una vez por todas, hacer ver a las claras la urgente necesidad de contar con dicho Reglamento de Régimen Interno.

A buen seguro que su existencia no será la panacea que lo solvente todo, pero ciertamente atajará muchas de las vías de agua que afectan al organismo que representa a todas nuestras Hermandades y Cofradías. Esas vías de agua que provocan, de continuo, un amargo malestar en nuestro mundo cofrade.

Domingo Díaz Barberá